Revoluciones industriales: un concepto espurio




De acuerdo al Catedrático de Estudios de Ciencias y Tecnología en los Estudios de Artes y Humanidades de la UOC, Eduard Aibar:

Durante los años cincuenta y sesenta del siglo XX, una serie de autores británicos movidos, en parte, por una fuerte pulsión liberal y antimarxista y, en parte, por un cierto fervor «tecnonacionalista», empezaron una campaña sistemática para rescatar el concepto de revolución industrial de las connotaciones negativas (socialmente catastróficas, más bien), que autores como Engels y Toynbee le habían asociado, para presentarla como un hito histórico en el desarrollo del Reino Unido y, por extensión, de la historia humana. Esta estrategia sintonizó perfectamente con ciertas tendencias intelectuales y políticas conservadoras que culminarían más tarde en los gobiernos neoliberales de Thatcher, y con una creciente consideración de la innovación tecnológica como eje básico del crecimiento económico, una creencia que también empezaba a arraigar entre la izquierda. Dicho de una manera simplista, la nueva narrativa defendía que el individualismo de John Locke más la economía de libre mercado de Adam Smith habían producido la Revolución Industrial y, paralelamente, las revoluciones políticas que habían instaurado la democracia en el Reino Unido, los Estados Unidos y Francia; es decir, en resumen, la esencia del capitalismo liberal (Coleman, 1992, 34).

Esta nueva perspectiva, que acabó conformando el mito popular actual de la Revolución Industrial, se basó en parte en una revisión de las consecuencias sociales catastrofistas ya mencionadas. Algunos autores defendieron, por ejemplo, que los principales efectos sociales de la Revolución Industrial fueron un aumento enorme de la productividad y una consiguiente mejora sostenida y sin precedentes en las condiciones de vida de la población. Aun así, los estudios más recientes muestran como el aumento del nivel de vida no se produjo en los países industrializados hasta finales del siglo XIX y principios del XX, y que, a corto y medio plazo, las condiciones de vida empeoraron (Feinstein, 1998).

Otro aspecto que debe ponerse de manifiesto es el profundo etnocentrismo que rodea al concepto. En primer lugar, la Revolución Industrial fue un fenómeno claramente británico que, durante mucho tiempo y todavía ahora en menor medida, fue conocida como la Revolución Industrial británica; incluso muchos autores situaban el origen de la revolución, todavía con más precisión, en el condado de Lancashire. Durante muchas décadas, de hecho, transformaciones similares solo tuvieron lugar en pocas naciones del planeta, en una pequeña parte de Europa (los países con grandes imperios coloniales) y en los EE. UU., fundamentalmente. Las concepciones posteriores, sin embargo, consideraron el fenómeno bajo el esquema de un tipo de destino universal, inexorable, y muy pronto las sociedades y las naciones de todo el planeta fueron clasificadas en función de su grado de acercamiento a la industrialización de estos pocos estados: países desarrollados, en vías de desarrollo o subdesarrollados. Incluso se propusieron argumentos etnocéntricos para explicar el «retraso» de otros países (notoriamente, China) sobre la base de la superioridad cultural, política y científica de Europa. En general, el etnocentrismo asociado al concepto de revolución industrial ha provocado que, hasta hace poco, los vínculos notorios entre el colonialismo y la industrialización fueran a menudo obviados; no solo las colonias proveyeron a la metrópolis de gran parte de las materias primas, sino que la Revolución Industrial incrementó considerablemente el alcance y la intensidad de la empresa colonial.
Por último, muchos de los problemas y de las reticencias que el concepto de revolución industrial ha generado en los últimos años tienen relación con el descrédito actual de la idea de progreso asociada de forma automática, durante buena parte del siglo XX, al desarrollo tecnológico y al crecimiento económico. No solo se han hecho patentes los efectos ambientales catastróficos de la Revolución Industrial, principalmente debido a las emisiones de CO2 y el consecuente cambio climático, que empieza a tener efectos sociales devastadores, sino que el crecimiento económico que se ha vinculado se ha traducido en un aumento sostenido de las desigualdades sociales y económicas en la mayor parte de países desde finales del siglo XIX hasta ahora. Es en este contexto que el concepto mismo de ilustración ha sido revisado para separar dos componentes que durante mucho tiempo han parecido complementarios: por un lado, un proyecto emancipador de enfrentamiento a la autoridad, de insumisión al poder y de combate contra la credulidad y, por el otro, el proyecto modernizador entendido como dominio y explotación de la naturaleza mediante la ciencia y la tecnología (y a su instrumentalización en el capitalismo industrial) y como sumisión de la mayor parte de culturas y pueblos del planeta, mediante el colonialismo (Garcés, 2017).

 
Aibar, E. (2019, 1 noviembre). UOC - Oikonomics - Revoluciones industriales: un concepto espurio - Eduard Aibar. Oikonomics[en línea]. Recuperado 24 de mayo de 2022, de https://comein.uoc.edu/divulgacio/oikonomics/es/numero12/dossier/eaibar.html


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